Polo verde, camisetas rojas.

“Anda, que tú también. Mira que llevar un polo verde para ver este partido”. Fue lo primero que me soltó mi novia aquella tarde nada más verme. “Lleva razón, la verdad es que hay que ser imbécil”, pensé. Presenciar el partido más importante en la historia de tu país sin una camiseta roja, se me antojaba poco menos que un sacrilegio. Pero esa es de las típicas cosas que hago de manera inconsciente, como ponerme sudaderas en Agosto o pantalones cortos con el termómetro bajo cero.

Aquel verano de 2010 trabajaba en el chiringuito de mi tío, pero ese día a base de súplicas conseguí librarme. Ese día vería el partido rodeado de mis seres queridos y en nuestro bar de aquella época. Bar, que por cierto, nos encontramos abarrotado. Nos tocó ver el partido desde la barra, pero no nos importó. “Pedro, seis doble malta”. Y las que hicieran falta, porque esa noche iba a ser larga, aunque en esos momentos todavía no sabíamos cuanto.

Ya estábamos ubicados, mucho ruido, camisetas rojas, previa, nervios, alineaciones y un pulpo hecho de lana roja y amarilla. La de besos que le dimos luego a ese pulpo… Empezaba el partido, uno de esos partidos que luego tienes que ver de nuevo tranquilamente, porque en directo y entre nervios no se aprecia nada. Lo primero que me viene a la mente es la dureza de Holanda y el pecho de Xabi Alonso partido en dos. Gritos e incredulidad. De Jong seguiría en el campo. Después de eso, alguna ocasión de los nuestros y el descanso. El tiempo volaba y el marcador no se movía. “Pedro, pon otras seis”

La segunda parte, como la primera, nosotros jugábamos y ellos repartían. Entonces, se paró el tiempo por primera vez aquella noche. Sin saber como Robben corría solo hacía la portería de Iker, lo reconozco: cerré los ojos. Y cuando los volví a abrir, el Santo se había convertido en un Dios. Después de eso, Cesc y Navas a escena, nos esperaba la prórroga.

Las tuvimos de todos los colores en la prórroga, pero no entraba. Y yo no paraba de decirle a mi mejor amigo que si perdonábamos lo íbamos a pagar. Pero no lo pagamos. Segunda parte de la prórroga y yo ya preparaba como podía a mi cabeza, y sobre todo a mí corazón, para los penaltis. Tras 109 minutos pegando patadas, Howard Webb decidió expulsar a un holandés. Ahora es Howard Webb, en aquellos momentos era un calvo de mierda.

115:15. Ese era el minuto que reflejaba el marcador cuando Andrés Iniesta Luján marcó el gol de todos. Nada más abrazar y besar a mi novia, busqué la mirada de mi mejor amigo. Y la encontré. Vi en sus ojos todas las convocatorias que escribíamos en las últimas hojas de nuestras agendas escolares, las tardes de videoconsolas deborando pastelitos y la pasión que fue creciendo entre ambos por la Roja. Nos abrazamos, como campeones del mundo sin creerlo todavía. El precioso homenaje a su amigo Dani Jarque no pudimos verlo, una mezcla de lágrimas, gritos y abrazos nos lo impidieron. Gracias a la repetición, pudimos comprobar la calidad humana del de Fuentealbilla y entonces vinieron más lágrimas. Mientras que buscábamos la lentilla que mi otro amigo había perdido debido a la emoción y a la Voll-Damm, Howard Webb pitó el final del partido.

Luego vimos a Iker levantar la Copa del Mundo, esa que no teníamos derecho a ganar. La estrella bordada en la camiseta, los baños en la fuente, el olor a pato y la locura. Cuando por fin llegué a casa aun pellizcándome por si estaba en un sueño, lo primero que hice fue quitarme el polo verde. Creo que nunca más me lo he vuelto a poner.

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