La apatía del mago.

Podemos definir apatía como la falta de motivación, emoción o entusiasmo. Este término psicológico se usa para catalogar a los individuos que no responden a ningún aspecto de la vida emocional, social o física. Es un estado mental, que acaba afectando al cuerpo y se puede llegar a convertir en enfermedad; una especie de depresión de la que es muy difícil salir y que termina por afectar al ánimo de las personas que rodean a la persona “contagiada”.

Estoy convencido de que es lo que le sucede a Philippe Coutinho. 

Me gustaría romper una lanza en favor del brasileño, ya que en algunos períodos de mi vida yo también me he visto abocado a esa horrible sensación. Se lo que se sufre estando en el fondo de un pozo y que nada te motive para salir de él. Viendo el encuentro que realizó el jugador brasileño en el Ciutat de Valencia, lo más lógico es que se le critique (yo lo hice el primero) y que se tengan razones fundadas para hacerlo. Perdió diecisiete balones, algo que es poco menos que un sacrilegio cuando tu rol es el de centrocampista del Barça. Por si fuera poco y además de todos esos errores no forzados, a Coutinho le faltó la raza que mana a borbotones del cuerpo de su compañero Arturo Vidal para enmendar los fallos que cometía. El aficionado puede perdonar el desacierto, pero nunca habrá misericordia para la dejadez.

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Cada jugador es un mundo, pero la mayoría de ellos son muy egoístas. Todos quieren jugar, muchos piensan que son los mejores en su puesto y la mayoría se indignará en el caso de no tener los minutos que según ellos merecen. El factor diferencial y lo que distingue a unos jugadores de otros, es la manera en la que afrontan todas esas crisis que a lo largo de una carrera profesional terminan llegando de manera inevitable. Coutinho está en el peor momento desde que llego, hace justo un año, a Barcelona. Sé lo que pasa por su cabeza, él siente que todo está en su contra y que nada le sale bien. Sabe de lo que es capaz, pero su cuerpo no le responde como acostumbraba. Es una pescadilla que se muerde la cola, el fallo lleva al cabreo, el cabreo a la desesperación, la desesperación a la frustración y finalmente a la apatía. La nada, el zumbido en los oídos, la absoluta desconexión.

Hace poco escribí acerca de Dembélé y su caos, de los fallos que cometía fuera del verde y de la brutal campaña que se hacía desde Barcelona para darle salida con la venia del respetable. Dos meses más tarde, ese chaval de veintiún años decidió luchar contra la apatía. Desató su tormenta cabalgando por el pasto inmaculado del Camp Nou, dejando atrás rivales, dudas y bocas abiertas. Ousmane sabía que él y Coutinho se estaban jugando un lugar en el once, porque los dos juntos nunca podrían coexistir ya que Leo y Luis son innegociables arriba. El mago brasileño se quedó trotando, mientras que el joven galo avanzó imparable hacia la titularidad.

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No debe de ser fácil afrontar todo eso, sobre todo si eres un chico tímido acostumbrado a maravillar siempre y a ser un líder sin siquiera tener la necesidad de alzar la voz. Quizás puedo llegar a entender porque él ve tan injusta su situación, ya que juega pocos minutos y lo hace rodeado del temido “plan B”. A pesar de todo ello, la única manera de sumar a Coutinho a la causa y volver a disfrutar de sus certeros disparos, su exquisita técnica y sus depurados pases, es que el mismo quiera derribar la puerta abajo. No depende ni de Valverde, ni del rival, depende de él.

En este punto de apatía, Coutinho es su peor enemigo. Que grite de rabia, que sea amonestado, que pelee cada balón, que fallé, que muerda… Pero sobre todo que se deje el alma por el escudo, porque no nos olvidemos que Philippe Coutinho es el traspaso más caro de la historia del Barça; y en un club por el que han pasado leyendas como Kubala, Cruyff, Maradona, Ronaldinho, Rivaldo o Romario, ese hecho no es baladí.

Coutinho debe entender la crítica, porque es justa, y en lugar de pensar que es la víctima formularse una única pregunta: ¿qué debo mejorar para volver a estar entre los once elegidos? Cuando eso suceda, volveremos a sonreír y a ver como esos tiros de interior al palo largo vuelven a ir a la escuadra y no al limbo. He intentado ponerme en tu lugar y no ser severo en la crítica como el cuerpo me pedía, Philippe, no ha sido nada fácil. Únicamente te pido a cambio que tú intentes ponerte en el de todos los aficionados culés y que antes de buscar culpables en las sombras recuerdes la magia que albergan tus botas.

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