Magia.

“Qué difícil intentar salir ilesos de esta magia en la que nos hayamos presos”

Concha Espina está siendo un auténtico hervidero estos últimos meses, todo ha ido de mal en peor en la Casa Blanca desde que Sergio Ramos alzara al cielo de Kiev la decimotercera Copa de Europa. Trofeo que tapó infinidad de carencias y propició precipitadas huídas, el Real Madrid quedó huérfano de leyendas. Cruel ironía, que el máximo torneo continental sirva para anunciar el ocaso de una era que comenzó a gestarse en Europa. Al menos, eso debió pensar Florentino Pérez mientras miraba con la cara descompuesta como Zidane y Ronaldo salían por la puerta de atrás vaticinando lo que estaría al llegar.

En crisis cómo estás, se necesitan referentes. La afición ansiaba agarrarse a alguien, divinizar a un jugador, darle el cetro que había portado Cristiano todos estos años… Llegado ese punto, el Bernabéu coreó el nombre de Isco. Tras ser de lo poco salvable en Rusia y con el aval del recién llegado Lopetegui en el banquillo, el de Arroyo de la Miel parecía tenerlo todo a su favor. Todo se torcería poco después de que tras otra brillante noche europea, en la que algunos cometieran el sacrilegio de comparar al Madrid de Lopetegui con el Pep Team.

Me fascina el apodo por el que conocen a Isco dentro de los terrenos de juego, Magia. No Mago, ni Mágico, sino Magia. Sustantivo, como para dejar claro que él representa todo el concepto al completo. Magia tuvo apendicitis y para cuándo quiso regresar ya nada era igual, empezando por él mismo. El Real Madrid se convirtió en un equipo vulgar, capaz de perder contra cualquiera y paseando la desidia propia de un gigante cansado de ganar por cualquier campo que pisaban. Obligaron a Isco a jugar en el Camp Nou fuera de forma y con las cicatrices de la operación todavía tiernas, contra once bestias blaugranas dispuestas a morir por su capitán ausente. El resultado de ese partido fue el fin de Lopetegui y el de Isco, con un severo manotazo de por medio.

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Isco es de esos jugadores que necesitan cariño para volver a encontrarse. Cariño y balón, sobre todo al balón. Solari llegó exigiendo cojones y alineando a una horda de jugadores que hacían del Real Madrid un equipo pequeño, valiente hipócrita. Relegó a la magia al ostracismo, buscando únicamente el resultado y demostrando que no es un capitán para un trasatlántico de esta envergadura. Isco lo supo desde el primer momento, su certeza era tan grande que pronto se apagó y se convirtió en la triste figura que vemos en el verde, los pocos minutos que Solari le concede.

Magia veía como nada a su alrededor funcionaba, no le apetecía jugar y ninguno de sus trucos salía bien. Estaba tan desquiciado que renegó hasta de su propia afición, esa que tanto le había encumbrado. El “22” sabe que mientras esté cautivo de este entrenador, nunca volverá a ser el mismo.

Solari pasará sin pena ni gloria por este club, pasada esta oscura etapa nadie se acordará de Vinicius, Brahim, Cristo… Tampoco se explicarán cómo Magia se les escapó de los dedos entre conspiraciones arbitrales y excusas.

Con el tiempo no podrán entender como en una época en la que estaban tan necesitados de un héroe, dejaron escapar al mejor jugador de fútbol de su equipo. Se maldecirán mil veces, pero para entonces ya será tarde, Magia ya se habrá ido.

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