Hijo, ¿por qué no te haces del Athletic?

El Athletic de Bilbao es un club sumamente especial, fui consciente de ello desde que era un niño. Sentir amor y respeto por los Leones sería algo común de haber crecido en plena Dendarikale, pero se torna algo más inusual al nacer exactamente a 644 kilómetros de la Catedral.

Creo firmemente que durante la infancia y juventud de uno ocurren muchas de las cosas que más te marcan en tu vida, mi padre es del Athletic porque le marcó la garra, la fortaleza y la determinación de los Leones. De pequeño te haces de un equipo por un motivo u otro, “hacerse” implica un sentimiento de pertenencia precioso en toda la dimensión de la palabra. Simpatizamos con un equipo gracias a sus futbolistas, ya que son lo primero que nos cautiva. A veces, ellos mismos olvidan la importancia que tienen y no me refiero a Balones de Oro o sueldos millonarios, sino al ejemplo que dan a los niños como símbolos. El escudo, colores y la filosofía son sagrados, sí, pero mientras jugamos en la calle con un balón despellejado y dos mochilas como portería siempre nos sentimos como nuestro jugador favorito. En la década de los setenta y los ochenta muchos de esos niños, dentro y fuera del País Vasco, se sintieron Iribar, Goikoetxea, Rojo o Dani. Ese fue el gran triunfo del Athletic, consiguió transcender en toda una generación de chavales. Mi padre fue uno de ellos.

Todavía tiene el chándal Kappa del Athletic, que lucía con orgullo por el pueblo a principios de los noventa y con el que fue confundido con Andoni Lakabeg. Llegó a firmar hasta autógrafos, mientras yo daba de comer gusanitos a los patos. En los noventa, resistirse a la tentación de ser del Madrid o Barça era poco menos que un milagro. Yo caí, a pesar de la insistencia de mi padre y de que no paraba de hablarme de las bondades de un tal Julen Guerrero, el desborde de Etxebe o el pasado albacetista de Isma Urzaiz. Incluso cometía la osadía de decirle a la gente que yo también era del Athletic y sonreía divertido cuando le corregía enfurruñado… Hasta sentirme culé, recorrí varios equipos e incluso llegó a apasionarme el Celta de Mostovoi o Karpin, mientras tanto mi padre solo consiguió  arrancarme la promesa de que el Athletic siempre sería mi segundo equipo. Él quería que yo sintiera lo mismo, algo que hace falta vivirlo para poder explicarlo. ¿Cómo inculcar una pasión por muy grande que sea? 

Para mí, esta noche es especial ya que se juega un Athletic-Barça y ahora mi padre también es un poquito culé. Quiero creer que en parte es por mi culpa, que me he salido con la mía y al igual que de pequeño él puso todo de su parte para que un trozo de mi corazón sea bilbaíno, yo he hecho lo mismo para que disfrute cada vez que juega el Barça. Aunque sin duda el juego de Andrés y Leo, me hayan ayudado a llevar a cabo mi pequeña venganza. Por ese motivo, me da igual el resultado de este partido. Y sé a ciencia cierta, que a él le pasa lo mismo.

Ojalá en las gradas del nuevo San Mamés o en cualquier parte del mundo haya un padre intentando convencer a su hijo o hija, mientras ven juntos el partido, de que se haga del equipo que a él le hechizó en su infancia ya que en ese proceso nacerá su amor por el fútbol y la unión entre ambos.

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