El patrimonio del Barça.

Debe ser aterrador.

Sentir que no puedes hacer nada por evitar lo inevitable, estar a merced de un ser que domina el esférico como si fuese una extensión de su pie. La marioneta impotente de un titiritero que se sabe dueño y señor de todo lo que acontece en el verde. Así debieron de sentirse todos los jugadores del Espanyol que formaban parte de la barrera dispuesta por un resignado Diego López. Tras el pitido del trencilla, Leo se cruje el cuello, como el cirujano que sacude sus manos antes de una delicada intervención, mira fijamente al horizonte y vislumbra lo que sucede instantes después. Gol.

DDFCCC09-981F-4CE9-9A43-174C561BB642

El derbi catalán por excelencia se calentó en la previa, Piqué puso el anzuelo y el Espanyol lo mordió. La relación entre ambos es tortuosa, tanto que discutieron acerca de los patrimonios como si de una herencia entre dos familiares se tratara. Sirvió para que se viese un Espanyol corajudo en un Camp Nou con más de 92.000 gargantas animando. Valverde salió con su once de gala, priorizando sentenciar el título a futuras lesiones y haciendo caso omiso a las indignadas voces que brotaban desde ese país sudamericano que se atreve a renegar de Dios a pesar de tener un Papa. El encuentro arrancó con los culés dominando y con un Espanyol sintiéndose cómodo siendo dominado, la primera parte transcurrió sombría dejando al margen un obús de Iván Rakitic, alguna penetración del eléctrico Semedo y un par de ilusiones creadas por Leo.

Era uno de esos encuentros que van a morir al empate, sin ocasiones, sin historia… Valverde lo intuyó y agitó la cocktelera, metió al campo a Sergi Roberto por Semedo y al marginado Malcom por un Arthur irreconocible. Los cambios funcionaron a la perfección y dieron a los culés esa profundidad que necesitaban, para comenzar a poner el murmullo en las gradas. Entonces llegó el minuto 70 y la falta al borde del área, el olor a tensión y a peligro. El golpeo de Leo sin tomar carrerilla y la cabeza de un Víctor Sánchez que quizás pensó que podría evitar un gol que Messi ya sabía que iba a meter. Tras el gol, Dios se besó el escudo del Barça. Su escudo, el que representa a todas las cosas que ama y aúna a las personas que le veneran como se merece. Ese beso es extensible a todos los fieles que partido tras partido, alzan la voz para gritar su nombre y llevan a la máxima expresión el primero de los mandamientos: amarás a Dios sobre todas las cosas.

AC2FB66B-D8D8-44EC-A663-1A32AA3EF397

Para rematar el partido, el Txingurri realizó otro movimiento maestro. Desató la correa de Perro Loco Vidal, que sustituyó a un Coutinho menos apático de lo normal, y realizó a la perfección la labor de coche escoba. El chileno impide que el equipo se caiga en los minutos finales, es como un chute en el momento más delicado de la noche. Gracias en gran parte a la buena labor de Arturo y sobre todo a una prodigiosa acción de Lenglet, que recordó a aquella de Mascherano cuando le quito el balón a Nicklas Bendtner en una noche europea que anduvimos en el filo de la navaja, se evitó el empate perico.

Tras estos titubeos, llegó la sentencia. Una contra letal orquestada por el incombustible croata al que no le pesa el “4” de la elástica blaugrana y rematada por Leo tras un magnífico pase atrás al primer toque de Malcom el agitador. Un gol visto infinidad de veces en el Camp Nou y que llevó la tranquilidad a una parroquia rendida a su Salvador. Tres puntos más gracias a los que los culés ya rozan su octava Liga en once años.

Sin buen juego, pero con Leo Messi. El patrimonio del Barça.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s