De lo que tengo miedo, es de tu miedo.

El Barça salió ayer de Manchester con mejor resultado que sensaciones, al menos si hablamos desde la óptica del aficionado culé. No quiero ser pesimista, pero creo que para ganar la máxima competición continental se necesita hacer todavía más. Empezando por sacudirse el miedo y pensar que realmente se puede volver a tocar la gloria.

Se acercaban las nueve de la noche, maldito horario nuevo al que nadie se acostumbra, y yo no conseguía templar los nervios. Lo intenté tirando de YouTube, a la vez que devoraba cantidades ingentes de pipas. Nada. Esta vez el ritual no funcionó, todo fue a peor. En el túnel de vestuarios se podrían apreciar las típicas charlas vacías y las sonrisas nerviosas de los jugadores. Puede parecer una tontería, pero fue en ese instante cuando caí en la cuenta de que el Barça vestía de amarillo fosforito y ese rídiculo detalle me tranquilizó un poco ya que esas equipaciones han sido talismán en todas y cada una de las Champions recientes. Un imberbe Messi haciendo de Stamford Bridge su patio de recreo, Andrés Iniesta convocando al Dios del fútbol en ese mismo estadio años después o la MSN derrotando a todos los campeones de las ligas más competitivas del contiente. Todo bajo un manto amarillo fosforito. Tras repasar mentalmente todos esos gloriosos momentos europeos, me sorprendí viendo como el balón estrellado ya corría por el verde pasto inglés.

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El tiempo es una cosa tremendamente curiosa, algo que pude comprobar nada más arrancar el encuentro. Cuando estás disfrutando de una situación que por fin ha llegado tras tanta espera, el tiempo te la arrebata. El muy cabrón no tiene consideración alguna y pasa con una velocidad endiablada. Después de diez minutos de juego, que a mí me parecieron dos, pude comprobar que los jugadores del Barça tenían pánico. Ninguno de los errores no forzados de los muchos que cometieron durante los primeros compases fue debido al rival que tenía enfrente, sino a la traumática barrera de cuartos que se ha forjado desde Madrid a Roma, pasando por Turín. El United, jugador por jugador, es un equipo inferior al Barça. Mucho. Pero no lo parecía tras el arranque debido a los miedos, amargos recuerdos, traumas y temblores de piernas.

En esos momentos de caraja, Leo Messi rompió las líneas y Busquets filtró un maravilloso pase que recordó al jugador que solía ser antaño. El “10” viendo como sus opciones de batir a De Gea se iban escorando, centró de manera magistral a Furia que colocó el primero en el electrónico con la desafortunada ayuda de Shaw. Ni el VAR, ni la UEFA quitándole la autoría del gol pudieron desanimar al charrúa que nunca se rinde.

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Después vino el cortocircuito que tantas veces hemos visto esta temporada siempre que los culés marcaban primero. Vallecas, Leganés, Villarreal… Quizás por exceso de confianza o relajación, el Barça se hace pequeño cuanto más abultada es su victoria. Falta rematar, mala baba, aplastar, no dejar que el rival se te suba a las barbas… A veces la moneda sale cara, como ayer, otras veces cruz. Para ganar una competición como esta, no solo deben ser mejor sino que también tienes que hacer que el enemigo no tenga ninguna duda de que lo eres.

El pavor que sentía con cada centro del atribulado conjunto de Manchester lo mitigaba Gerard Piqué. Su figura se alzaba como un coloso frente a todo ataque enemigo y contra el fuego amigo provocado por pérdidas surrealistas y casi infantiles. Anoche Gerard no fue un defensa, fue todo el sistema defensivo. Y algo más importante que todo eso, fue la paz y tranquilidad que sus compañeros pedían a gritos. Además de la estratosférica actuación de Piqué, la primera parte nos dejó dos detalles más. Los culés pudieron acabar con la eliminatoria si De Gea no le hubiera sacado un magistral pie a Coutinho, mientras que los Red Devils también pudieron acabar con Leo Messi que sufrió una salvaje entrada de Smalling que quedó sin castigo alguno.

Manchester United vs. FC Barcelona

Tras la reanudación, Gerard Piqué siguió achicando cualquier pelota que amenazara el área culé y el equipo seguía sin tener una continuidad clara en el juego. Valverde movió piezas, sacando del campo a un apagado Arthur Melo y a un Coutinho al que le sienta fenomenal el aire de las islas ya que estaba siendo uno de los mejores jugadores sobre el verde. En su lugar optó por Sergi Roberto y Perro Loco Vidal, un jugador el chileno que tendrá una importancia capital en esta competición. Con estos dos cambios, el Barça perdió un poco el miedo y volvió a ser cada vez más reconocible. Arturo y Sergi comenzaron a lanzar pase que atravesaban líneas, mientras que Semedo percutió varias veces por banda creando las ocasiones más peligrosas. El colegiado pitó el final del encuentro, con los dos equipos dando por bueno un resultado que promete un partido trepidante en el Camp Nou.

Mi sensación no fue tan buena como el marcador que reflejaba el electrónico al final de los noventa minutos y estoy seguro que la de los jugadores tampoco. Cuando te pesan las piernas y se nubla algo en tu cabeza es posible que ganes algún partido contra rivales inferiores, pero las noches europeas nunca premian a los pusilánimes. Roma dejó claro esta máxima que los culés deben superar porque lo más duro está por venir. Hay que tener unos brazos firmes para alzar al cielo esa copa tan linda, pero para ello las piernas deben dejar de temblar primero.

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