El vuelo de las Águilas.

Tengo recuerdos nítidos de las primeras veces que pude ver fútbol internacional, a mediados de los noventa no tenías el acceso que hay ahora por lo que poder ver en directo un partido de cualquier liga europea se convertía en poco menos que un acontecimiento. Todos los fines de semana comíamos en casa de mi abuela y yo engullía los platos para llegar puntual a mi cita y sentarme enfrente de la tele de mi tío para poder disfrutar a mis anchas del Digital+, que por aquellos tiempos era un tesoro. Recuerdo empaparme sobre todo de la Bundesliga o la Serie A, que emitía Sportmanía y que narraba Julio Maldonado “Maldini”. La liga alemana era tan distinta a lo que veíamos aquí en España, el juego mucho más directo, más físico, el esférico, el clima adverso y sobre todo el ambiente. Las masas de hinchas saltando con júbilo y realizando los tifos más impactantes, me impresionaron en demasía. Era otra cultura, otra manera de vivir el fútbol, la relación entre equipo y afición era increíblemente estrecha. No era capaz de explicarme como clubes ubicados en ciudades gigantes, tenían la cercanía con sus aficionados de cualquier equipo de barrio. Todos esos bonitos recuerdos y las sensaciones que traspasaban la pantalla, volvieron a mí mientras seguía en vilo el desenlace del Chelsea-Eintracht.

Tras el horror de Anfield, me prometí no ver más fútbol hasta la próxima campaña. Hasta ese punto me jodieron esos cabrones vestidos de fosforito que se dejaron el honor y la eliminatoria en el césped de Liverpool. A pesar de ello, el Eintracht se jugaba el pase a una histórica final europea y yo tenía que apoyarles aunque fuera a 1771 kilómetros de distancia. ¿Por qué el Eintracht de Frankfurt? Porque es el club de un miembro muy especial de mi familia, Patrick, un muchacho loco por el fútbol (como yo) y que debe sentirse muy orgulloso de sus Águilas. De ese grupo de jugadores que ha dignificado el fútbol además de demostrar su grandeza a lo largo y ancho del continente Europeo, algo que es mucho más importante que ganar un título.

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El Eintracht es uno de los diez clubes con más socios de toda Alemania, a pesar de lo cual sus vitrinas siempre han estado más vacías de lo que su historia merece. Sus logros más importantes a nivel europeo han sido la final de Liga de Campeones perdida ante el Real Madrid y la Copa de la UEFA que conquistaron en el año 1980, por lo que ayer en el Bridge tenían una oportunidad de oro para poder volver a tocar la gloria. Tuvieron la osadía de ir dejando por el camino víctimas de la talla del Shakhtar Donetsk, el Inter de Milán o el Benfica. Jugando con un atrevimiento del que sabe que no tiene nada que perder y alentados por una afición que se dejaba el alma, lo tenían todo y yo estaba convencido de que este era su año. Llegó el Chelsea a Frankfurt y los vídeos que me mandaba mi hermana del estadio a reventar cantando al unísono el himno de su equipo me erizaban la piel. Tras el empate lo tenía claro, tanto que hasta le prometí a Patrick que nuestros equipos se jugarían la Supercopa de Europa en Estambul. Los dos cayeron, pero no lo pudieron hacer de una forma más distinta.

Las Águilas jugaron la vuelta frente al Chelsea a tumba abierta, fieles a su estilo y con confianza plena en ellos mismos. Tras el gol de los blues lo veía muy negro, pero algo me decía que el Eintracht no había dicho su última palabra. Jovic me confirmó en la segunda parte lo imbécil que era, iban a morir matando con su gente en una esquina de Stamford Bridge alzando banderas y cantando canciones en su honor. “Extratime”, la única palabra que me llegó al Whatsapp desde Alemania. Como una sentencia, como si los nervios no dieran para pulsar más teclas del móvil. Haller tuvo el gol de la eliminatoria, pero le pegó mordida y tras el susto de Azpilicueta llegaron los penaltis. Jodida lotería. Vi esperanzado como se lanzarían en la zona donde las banderas blancas no cesaban de ondear y eso me dio ánimos. Luego llegó Kepa, que todavía no sabe como paró el primer penalti, y Hazard que sabía perfectamente por donde meterlo…

Todos los miembros de la plantilla del Eintracht realizaron el ritual más hermoso y doloroso del fútbol alemán, el de rendir cuentas delante de su afición. En las buenas y en las malas, siempre dando la cara. Responden ante ellos, que son los que llevan más allá del estadio el amor por un escudo y unos colores. Como no podía ser de otro modo, los hinchas se rindieron ante los suyos y agradecieron orgullosos el esfuerzo demostrado durante toda la temporada. Faltó muy poco para ganar un título, pero el Eintracht ganó el respeto de todo un continente.

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Yo intenté animar a Patrick, recordándole lo cruel que puede llegar a ser este deporte a veces. “Me da mucha pena ahora, pero mañana estaré orgulloso” me escribió en español. Debes estarlo, hermano, pues tus Águilas han volado hasta lo más alto.

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