“Lo vi tan claro que él se tiraba antes…”

Era Domingo y todos los míos habían quedado para ver el partido en una terraza, aprovechando que quedaban libres de exámenes. Yo decliné todas las invitaciones, todos los sms uno tras otro, porque algo me decía que este encuentro iba a ser histórico. Años después me he arrepentido de no compartir la alegría que nos dejaron esos cuartos, sobre todo con un amigo en particular. Recuerdo fechas señaladas por partidos significativos, pero el España-Italia del año 2008 no tuvo ritual alguno, en la sala de estar de casa de mis padres únicamente estábamos mis nervios, una lata de cerveza y yo.

Para mí, la Selección no tiene el mismo significado ni por asomo que tenía tal día como hoy hace diecinueve años. Entonces nuestro equipo lo dirigía un sabio, contaba con un santo en la portería, un par de jabatos en defensa, varios locos bajitos en el medio custodiados por un español de São Paulo, la venenosa perilla del Guaje y el “9” portado por un niño en plena madurez. Comencé a seguir esa Euro con la incredulidad y el hastío forjado por años de continuos fracasos, pero poco a poco mi amigo y yo nos íbamos ilusionando como dos auténticos enanos. Hasta que llegó la barrera, llegaron los cuartos y llegó Italia. La azzurra era la vigente campeona del mundo y yo no pude evitar pensar el “hasta aquí hemos llegado”. El puto derrotismo que me acompañó todo mi vida con la selección, desde que ví sangrar a Lucho en Boston hasta las amargas lágrimas provocadas por un árbitro egipcio de nombre impronunciable, pasando por la cantada de Zubizarreta frente a Nigeria…

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El Sabio siempre fue un apoyo para Fernando Torres.

El España-Italia fue un partido largo, sufrido y muy cabrón. Antes de la inolvidable tanda de penaltis, recuerdo a toda la defensa española colgada de Luca Toni y de celebrar dos casi goles de Senna y Cazorla. Llegábamos a la muerte súbita y cada vez tenía más claro que caeríamos, cuatro latas de cerveza estrujadas encima de la mesa reflejaban mi rabia. ¿Cómo podíamos pasar de cuartos, nuestra fase prohibida, y en penaltis contra Italia? Era imposible, ellos estaban en su elemento y tenía a Gigi bajo palos. Gigi, tú.

Comenzábamos tirando y la esquina de la portería era totalmente roja. Parecía el reducto galo de Astérix, todos y cada uno de los valientes que copaban esa zona del Ernst-Happel-Stadion todavía no podían imaginar lo que iban a vibrar en un futuro gracias a ese grupo de futbolistas que todavía no era leyenda… Esa noche en Viena cambió para siempre nuestro sino.

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Buffon rogando al balón que no entrase a portería.

Villa. Su perilla. Sus Adidas rojas. El “7” más digno desde Raúl González. No podía fallar, y no lo hizo.  Luego llegó Grosso, todos creímos que Iker lo cogía, pero la puso de zurda en el lateral de la red, imposible. El segundo lo tiró otro guaje, Santi Cazorla. Todavía hoy me avergüenza reconocer que no tenía ninguna fe en ese mago asturiano, pero cuando me atreví a destaparme los ojos y vi a Santi dando de sí su camiseta con el “12” algo me dijo que esta vez sería distinto. Entonces enfocaron al siguiente lanzador azzurro, De Rossi, el emblema de la Roma con el permiso de Totti. Tenía miedo y a Iker le brillaba la mirada, el Santo paró y Colón comenzó a creérselo en la esquina izquierda de mi televisor. Senna metió el tercero con una facilidad pasmosa, arriba y por el centro, después levantó las manos como hacían los antiguos jugadores a la hora de celebrar un gol, sin atisbo de postureo, simplemente para mostrar agradecimiento por la afición que en ese momento ya lo veneraba. Camoranesi no falló, perro viejo. Y llegó Güiza, para dar esperanza a Italia y para hacernos ver que era demasiado bonito. Tiempo después, en Informe Robinson, nos enteramos de que el delantero jerezano fue el primero en saber que Iker detendría el penalti a Di Natale, porque el santo mostoleño se lo prometió.

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Iker le para el penalti a De Rossi.

Una de las imágenes más potentes y que más tensión me han transmitido viendo un partido de fútbol, llegó al saber que Fàbregas tiraría el penalti definitivo. La instantánea retrata a todos celebrando la parada de Casillas, mientras que el imberbe “10” emprende el camino hacía la gloria o el fracaso cargando la responsabilidad deportiva de todo un país en sus todavía frágiles hombros. Solo él sabe lo que le dijó al balón mientras lo posaba con dulzura sobre el punto de penalti, quizás fueron palabras hermosas o simplemente balbuceos inconscientes, lo cierto es que surtieron efecto. El toque sútil de interior con el que engaño a Buffon, esas botas Nike negras con la suela azul y la manera en que Cesc abrió los brazos como si tuviese alas para ir a celebrar el pase con Iker Casillas. Memories.

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Fàbregas celebrando el gol que derribó barreras.

Luego llegó la semifinal contra la Rusia del duende Arshavin, el mejor partido que yo he visto a la Selección Española, la sublimación del toque. Después, la puntera de Fernando y la desesperación teutona. La Copa, el camarero de Reina y el equipo que por fin conectaba con todo un país. Pero antes de todo eso, yo supe que no solo íbamos a ganar el torneo que no teníamos derecho a ganar, sino que una generación histórica e irrepetible acababa de nacer. Fàbregas, a pesar de tener más miedo que Spiderman en un descampado, nos dio a todos la valentía necesaria para creer que era posible ser campeones de Europa.

Nos hizo creer en la estrella que actualmente llevamos en el pecho.

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