Al borde del abismo.

Últimamente ver un partido del Barça se está convirtiendo en una experiencia desconcertante, antes del partido frente al Villarreal pensaba que los culés tenían una especie de bipolaridad ya que en su feudo mostraba una versión arrolladora mientras que fuera de casa eran zarandeados sin respeto alguno. Sin embargo, anoche caí en la cuenta de que el Barça no tiene dos caras, tiene a Leo Messi o el abismo más absoluto cuando el dios rosarino no está. Así, sin anestesia.

Valverde, que ya nos tiene acostumbrados a dar bandazos sin sentido alguno, comenzó el Lunes a hacer de las suyas dejando fuera de la convocatoria a Rakitic y Carles Pérez para dar entrada a un apestado Aleñà. No digo que me parezca mal, al contrario, pero no tiene sentido alguno ya que no hay nada peor para un equipo que dar la sensación de que no se tiene un plan sólido ante los baches. El técnico se cargó de la alineación a unos de los pocos que tiene que tener un hueco fijo en el once, Frenkie de Jong, para meter en su lugar a un tipo que vive de las rentas o mejor dicho de una renta, el gol de la mítica remontada frente al PSG. Sergi Roberto aporta lo mismo a este Barça que Rochemback en sus mejores tiempos. Y es que puede parecer que mi tono excede en acidez, pero lo que se debe hacer en situaciones como éstas es consolidar las pocas certezas que existen y no crear más dudas. 

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El encuentro comenzó con alternativas y con los culés atacando bien abierto a un Villarreal que tampoco renunciaba a hacer daño a las contras. A la salida de un córner botado por Leo, llegó el primer gol culé. Fue una jugada rarísima, un balón colgado al primer palo y sin ninguna amenaza plausible, hasta que Grizzi lo convirtió en oro. Vengo reivindicando desde hace años la inteligencia de Antoine, su capacidad para moverse y leer las jugadas antes que nadie. A pesar de que Ernesto Valverde se empeñe en degradarlo a la banda izquierda, lugar en el que pasa mucho más desapercibido, en favor de esa gran rémora en la que se está convirtiendo Luis Suárez.

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A los catorce minutos llegó el pepinazo. Tengo que admitir que hasta me reí, porque la jugada fue tan surrealista como la del primer gol. Arthur, el Brujo de Gôias de la inmaculada sonrisa, paró el balón en seco a casi treinta metros de la portería de Sergio Asenjo y se sacó un grosero latigazo que entró por toda la escuadra. Tras la incredulidad inicial solo quedaba felicitar al ocho culé y sonreír por ver como por fin un mediocampista culé domina ese recurso que puede llegar a ser tan útil durante un partido: el tiro de media distancia. Porque también uno está un poco harto de que los jugadores de su equipo se dedique a realizar ataques posicionales vagabundeando con el balón por el balcón del área con menos peligro que un cuchillo de plástico.

Santi Cazorla se tomó este gol como una afrenta personal y el genio al que un día tuvieron la osadía de decirle que no volvería a andar, se sacó otro zapatazo con el que agitó las redes y la frágil estabilidad blaugrana. Un puto fenómeno del que siempre me alegraré sobre todo cuando nos deje retazos de su magia que adorna con esa sonrisa suya tan característica, como medio partida. Os juro que tras relatar estos momentos me dan ganas de dejar la crónica por finiquitada, ya que en el descanso Messi tuvo que quedarse en los vestuarios y el fútbol del Barça se desvaneció. No sucumbo a mi tentación por un único motivo, Ansu Fati.

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Lo único destacable en la segunda parte culé, además de las paradas del coloso alemán que volvió a sujetar al equipo, fue el regreso de Dembélé que le puso más corazón que cabeza y la lamentable actuación de Luis Suárez que se dedicó a perder el balón tropezándose consigo mismo por todo el verde. El uruguayo fue cambiado entre pitos por el hombre que más ilusiona al barcelonismo en estos momentos, un chaval de dieciséis años que no tiene vergüenza. Ese cambio, junto con la entrada al campo de Frenkie, consiguió volcar la inercia del encuentro que nos llevaba inexorablemente al empate del Submarino Amarillo. La perla de la Masía mostró un veneno por banda impropio de su edad, y rozó el gol en algunas ocasiones. Se nos cae la baba con este jovencito, algo que tiene una lectura positiva y otra negativa. La buena noticia es que no se recordaba una irrupción así desde la del propio Leo, cuyo retiro está más próximo que nunca; y la mala, es que habla fatal de esta plantilla que un muchacho de dieciséis años tenga que tirar del carro echándose al equipo a la espalda. Eso ya lo vi la temporada pasada en el Real Madrid con Vinicius y todos sabemos como acabó.

En fin, otro encuentro en el que lo mejor fue el resultado. Se ganó, que no es poco. A pesar de todo, la sensación de solar cuando Leo nos abandona es desgarradora. No estamos preparados para enfrentarnos a ese abismo, ni creo que nunca vayamos a estarlo.

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