Dolor y gloria.

Antes de ver los onces iniciales estaba aterrado, por no decir acojonado. Cagado de miedo, vamos. Veía a dos equipos que venían con dinámicas contrapuestas, ya no de resultado más bien de sensaciones. El Inter de Conte es un equipazo trabajadísimo, una auténtica roca defendiendo y con un gusto por el balón exquisito cuando lo posee. Sin embargo, este Barça todavía me cuesta encasillarlo. Sólido en el Camp Nou, pero frágil fuera de él. Sin Leo todavía entrando en el equipo y con las únicas certezas de Marc André Ter Stegen y su pareja en la medular formada por Arthur y De Jong. Sabía que iba a ser un hueso duro de roer, no me equivoqué.El contratiempo de la lesión de Junior Firpo, ojo porque ya va de segundas, obligó a Valverde a cambiar a Semedo de banda. No me gusta por la derecha, por lo que no os voy a decir lo que me provoca verle a banda cambiada. La incursión de Leo Messi en el equipo titular, palió un poco esa sensación y provocó que me alegrase con reservas. No me fiaba un pelo, ni lo sigo haciendo, de la lesión del rosarino. El equipo de Conte por su parte, contaba con la única baja reseñable del búfalo Lukaku algo que le quitaba referencias arriba aunque le vino mejor en cuanto movilidad arriba.

El Barça volvió a cometer el mismo error que se ha convertido en tradición esta temporada, salir con la caraja padre y arrastrar un marcador en contra desde los primeros minutos. Esta vez el encargado de adelantar al equipo rival fue Lautaro Martínez, un mal bicho que tiene el gol entre ceja y ceja, depredador del área incesante, de esos que se vuelven locos como los tiburones en cuanto huelen la sangre, de los de mirada sin vida en los ojos. El Toro del Inter le ganó la carrera a un Lenglet, antaño Clemente el Poderoso, al que le sienta fatal no tener competencia ya que ni tan siquiera cuerpeó con el ariete interista. Con el resultado en contra, el Barça se dedicó a demostrar que el control del balón sin profundidad es estéril y contraproducente. Y si a eso le sumamos el poco feeling que demostraron los tres de arriba entre ellos, o la desajustada presión que los culés realizaban tras pérdida, es más fácil entender el soberano repaso futbolístico que los neroazzurri les endosaron en esa primera mitad. Con una salida de balón exquisita, los de Conte volaban por la verde pradera del Camp Nou provocando que cada contra fuera un puñal en el corazón de todos los que presenciaban el partido en el coliseo blaugrana. Pudo ser peor, pero por fortuna nuestra última frontera están protegidas por las manos de un muchacho de Mönchengladbach que se ha empeñado en desesperar delanteros a lo largo y ancho de todo el continente. Lautaro ya cantaba el segundo mientras se elevaba entre la defensa culé y conectaba un cabezazo abajo que únicamente puede acabar el gol, la mano dura de Ter Stegen lo impidió. Cinco dedos que salieron de la nada y nos recordaron una vez más que aunque todo falle la portería siempre resistirá.

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Mientras veía calentar a Perro Loco Vidal en el descanso, envidié a Conte a la vez que ensalzaba las virtudes de Sensi, y me entregué a la desesperación y la crítica vía Twitter. Me habrían venido muy bien las palabras que Leo Messi dedicaba en esos instantes a sus compañeros en el túnel de vestuarios, “muchachos, estén tranquilos, no nos volvamos locos”. Capitán. Líder. Guía. Escudriñé el campo buscando cambios y ahí estaba la cresta del chileno, Valverde había dejado en el banquillo a Busquets. Pasamos a tener doble pivote que escoltaba a un Vidal liberado y desatado. El muy cabrón le dio la vuelta al partido, su entrada le dio carácter al equipo que por fin consiguió ajustar la presión. Perro Loco abarcaba todo el frente de ataque con una temeraria sonrisa, ya que se sabía bien custodiado por un pequeño brasileño y un espigado holandés que están empezando a sentir mariposas en el estómago. El caos controlado. Detalle de estratega de Valverde, que suple sus malos planteamientos iniciales con buenas intervenciones desde la banda.

Todo tenía un aire totalmente distinto, ya no se sufría debido a que el Inter apenas rascaba bola y todos estaban juntos apretando con una solidaridad contagiosa. Había un plan y se estaba ejecutando a la perfección. Perro Loco, quien acompaña su cara de sicario con una técnica bastante depurada, puso un balón a Luis Suárez al borde de la frontal. El charrúa, otro puto enfermo de esa palabra de tres letras que tanto nos entusiasma gritar, empaló como tanto le gusta y llevó la igualada al electrónico. Ese zambombazo sirvió para callar de golpe todos y cada uno de las feroces críticas recibidas, las mías las primeras. Creo que tenemos que empezar a entender a este Suárez es un delantero al que cada vez se le pueden pedir menos cosas, pero que siempre nos dará garra, pasión, entrega y gol. Cada uno tenemos que contestar a la pregunta de si estamos dispuestos a cambiar todo esto por ver al charrúa arrastrarse por el campo mientras nos desquicia fallando pases durante varios minutos. Allá cada uno con su conciencia.

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La remontada se mascaba, ya que el Inter definitivamente aculó aunque todavía conseguí sacara alguna contra venenosa desde atrás. Valverde dio entrada al caótico Mosquito por un Grizzi que todavía no sabe donde está y que corre como un pollo sin cabeza por todo el campo. El francés, estrella en otro tiempo y equipo, necesita encontrar su lugar. Leo, ayúdale porque este es muy bueno y no quiero a otro Coutinho… Con los jugadores al borde de sus fuerzas y rondando los minutos finales, todo parecía llevarnos al empate. Pero Leo Messi decidió que este partido lo ganaba el Barça, recibió de Perro Loco Vidal en el centro del campo y cabalgó como antaño dejando rivales en el suelo, mientras proclamaba a todo el continente el retorno del Rey. La gloriosa jugada acabó en las botas de Furia, quien arrastró al Faraón Godín con un control orientado y sin necesidad de tocar el balón, para colocarlo fuera del alcance de Handanovic. Glorioso. Podemos decir que en la noche del Miércoles 2 de Octubre vimos a Ernesto Valverde celebrar eufórico un gol, se sabía triunfador ya que mucha parte de la culpa era suya.

BARCELONA - INTER MILÁN

Cautela a pesar de la euforia final, hay que ajustar infinidad de movimientos e integrar a toda la plantilla que tenemos. Este partido nos escupe varias notas negativas, pero también un buen puñado de aspectos positivos. En situaciones como ésta, siempre me gusta recurrir a las palabras de un sabio de nuestro fútbol, de esos que ya no quedan y nunca volverán, que en su día me quedaron grabadas. Manolo Preciado, tras una victoria y para rebajar la euforia de su vestuario, declaró en una rueda de prensa que “ni ahora somos el Bayern Leverkusen, ni antes éramos la última mierda que cagó Pilatos”. Dejando aparte que el genio cántabro consideraba el Leverkusen como la cumbre, tiene pelotas, me encanta lo que transmite esta sentencia. Pies en el suelo, cabeza fría y trabajo, mucho trabajo. 

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