El ídolo que vestía de blanco.

Nací en el año 1990, por lo que mis primeros recuerdos nítidos acerca del fútbol se remontan a finales de esa década. Con seis o siete años, solemos forjarnos héroes y buscamos ser parte del fenómeno de moda. Es lo fácil, lo natural. A mí me paso igual que a los niños que descubrieron el fútbol con el Barça de Pep Guardiola o los que se quedaron maravillados con el Madrid de las tres Champions consecutivas. Buceo dentro de mi mente y encuentro camisetas de las Spice Girls, de los Backstreet Boys, pero sobre todo chándales Kelme del Real Madrid. Yo y mi generación tenemos grabado a fuego el Madrid que volvió a ser campeón de Europa. La séptima. Esa perilla insolente de Predrag Mijatović. La clase de Fernando Redondo. La raya en medio de Panucci. La potencia de Roberto Carlos. La dificultad de no confundir a Karembeu y Seedorf… Todos los niños de mi generación queríamos ser Raúl González Blanco y el que día lo contrario o miente o no tiene memoria.

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Soy culé, de corazón, todo aquel que me conoce no tiene duda alguna de ello. Tonteé con varios equipos, hasta que la magia del Gaucho y la rebeldía de ir contra el poderoso hizo que comenzara a gustarme todo lo que vistiese el blaugrana. Hasta llegar al convencimiento de saber que era culé y hacerlo público, algo que no era fácil. Créanme que no lo era. Durante mi infancia nunca fui del Real Madrid, pero confieso que hubo un tiempo que me costó no celebrar los goles de Morientes o las paradas de Iker Casillas. En esa época tenía que hacer esfuerzos titánicos para no besarme un anillo ficticio tras marcar un gol en el recreo, porque era imposible no idolatrar al tipo que había hecho el gol del Aguanís. Recuerdo preguntarle a mi padre esa mañana de Martes el resultado del partido tras llegar del colegio, porque antes todo era más auténtico y no nos enterábamos de todo al segundo de pasar, y él que me conocía a la perfección me habló del gol de Raúl antes incluso de decirme que los blancos habían logrado una Copa Intercontinental por primera vez en chorrocientos años. Sabía que ese dato me la traía al pairo porque yo no era del Madrid, era de Raúl.

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Para mí, el “7” blanco era todo lo que estaba bien en el fútbol. Era un tipo del que no podías destacar nada, pero que a la vez destacaba en todo. Un caballero del fútbol, de esos que ya no quedan. Un tío normal y corriente, coño si se llamaba Raúl. En los años noventa, el emblema del Madrid era una persona mundana. Niño prodigio, con unos valores exquisitos y con una zurda que se empeñó en prevalecer a todos los cracks a los que finalmente acababa sentando. Mientras yo iba adoptando la filosofía del Barça como religión, seguía de reojo la trayectoria del capitán blanco. Recuerdo el primer partido que vi en una peña del Barça. Me llevó mi padre, él mismo que un año antes me había traído una bufanda del Bernabéu la famosa noche europea contra el Dortmund que se cayó la portería… Fue un clásico contra el Real Madrid en el Camp Nou que acabó con Raúl mandando callar a mi nueva afición. “Que hijo de puta”, pensé. No podía odiar a ese tipo.

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Podría recordar muchos más momentos de Raúl González Blanco, hubo momentos en los que me cabreé de veras con él, como el día que me amargó mi Primera Comunión tras fallar un penalti contra Francia en la Euro del año 2000. Era esa época en la que nuestro fútbol quería, pero no podía. En la que no teníamos derecho a subir el escalón que conduce directo a la gloria. A Raúl le tocó luchar en esa época con la camiseta de la Selección Española, como tantas otras estrellas que no han dado con una generación que estuviese a su altura.

Hoy hace veinticinco años que Raúl debutó con el Real Madrid, un cuarto de siglo desde que Valdano fue a buscarlo al autocar del equipo blanco y el cabrón estaba durmiendo. Días como hoy son tristes para todos los niños de mi generación, porque significan que nos estamos haciendo muy viejos. Que el fútbol auténtico, el fútbol de nuestras vidas, el de los Raúles y los Puyoles está muriendo si es que no lo ha hecho ya. Raúl, como Fernando Torres, es uno de esos jugadores por los que siempre he envidiado a un club. De esos que me hubiese encantado jalear mientras daban la vida por el escudo de mi equipo. Raúl González era uno de los míos, aunque fuese el estandarte de mis enemigos.

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