El grito del Guaje.

10,472 km separan las ciudades de Langreo y Kōbe, esa es la distancia que ha recorrido David Villa desde que con nueve años comenzó a perforar porterías en la comarca del Nalón. Centenares de guardametas han saboreado su amargo veneno, porque el cabrón era tóxico. Sus botas eran letales y su cabeza siempre pensaba en esa palabra de tres letras que tantas emociones nos provoca al gritarla. Al recordar a Villa, siempre vislumbraré esas finas patillas o su hirsuta perilla, o sus Adidas rojas que brillaron por las verdes praderas austriacas a lo largo del verano del 2008… Pero un sentimiento prevalecerá por siempre cuando oiga el nombre del Guaje, la certeza de que en cada partido iba a verle celebrar un gol con ese grito desgarrador que derrochaba pasión.

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Existen dos clases o prototipos de futbolistas, me atrevería a decir que de personas, están los currantes que vienen trabajando desde abajo y el éxito les encuentra tarde o quizás nunca, mientras que hay unos cuantos elegidos que son estrellas antes de incluso saber el significado de la palabra. No digo que unos sean mejores que otros, pero siempre es más fácil sentirse identificado con los primeros. El Guaje se fracturó el fémur siendo todavía un niño, y lejos de rendirse aprendió a manejar la zurda. Fue rechazado por el Oviedo, y lejos de amargarse se convirtió en leyenda de la afición rival. Tras enamorar al Molinón y reventar las redes durante dos temporadas en una de las categorías más difíciles del fútbol mundial, como es la Segunda Divisón española, fichó por un Zaragoza recién ascendido y David Villa comenzó a hacerse un hueco entre los corazones de todos los que amamos el fútbol.

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Su periplo en Zaragoza fue brillante aunque fugaz, debido a la primera circunstancia. Los maños ganaron la Copa del Rey a un Real Madrid que veía como el proyecto de sus Galácticos se empezaba a desmembrar, aún recuerdo el latigazo del hueso Galletti… La siguiente temporada comenzó levantando la SuperCopa de España ante el Valencia y le sirvió al Guaje para mostrar su veneno por vez primera a lo largo del continente europeo. El premio de la llamada internacional le llegó con veinticuatro años, gracias al inmenso trabajo realizado hasta entonces y sin obtener regalo alguno. Fichó por el Valencia y desde el comienzo ya pudimos ver como David Villa ya era una cosa realmente seria. Fue parte de la convocatoria del Mundial de 2006 todavía con el “21” a la espalda, por respeto al “7” que aún no nos había abandonado del todo. Goleó en Champions y de la mano de Silva o Mata, devolvió el brillo a un conjunto ché que tan necesitado estaba por entonces de un referente como él.

Llegó el verano del 2008 en el que 23 futbolistas españoles hicieron sus maletas rumbo a Austria y a la eternidad. Villa era el referente de aquel equipo de locos bajitos, el complemento perfecto de Fernando Torres, el “7” que fue prometido a la Roja y que tan huérfano se ha quedado. Sus goles llevaron a la Selección a la final de aquel mágico Europeo, partido que no pudo disputar por una lesión en semis frente a Rusia. El fútbol a veces es jodidamente cruel, pero el Guaje ya lo sabía y también era consciente de como vencer a ese miedo que atenaza a los jugadores después de una grave lesión y no permite encontrarse nunca más con ellos mismos.

Spain v Russia - Group D Euro 2008

En el Mundial de Sudáfrica, David volvió a hacer aquello para lo que nació. Golear. Esa copa dorada se ganó porque además del juego, teníamos la victoria en las áreas. Iker paraba, el Guaje mataba. Nunca volveremos a tener una dupla tan decisiva, nunca. Para cuando consiguió bordar la estrella dorada en su pecho, David ya era más grande que Goliat, pero todavía le faltaba conquistar las cotas más altas a nivel de club. En ese momento fichó por el Barça y con él llegó la segunda hornada de éxitos del equipo gobernado por Pep Guardiola. El Guaje supo adaptarse a la perfección al nuevo rol que se le ofrecía, partiendo desde la banda izquierda hizo muchos goles y algunos de ellos muy importantes. Todavía celebro que uno de los jugadores más admirados por mí, haya jugado en el equipo del que me siento parte. Eso es una suerte que muchas veces no valoramos, ya que somos de un equipo y luego de jugadores aunque hay casos en los que se pertenece a un club por un jugador.

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Tras una grave lesión en el Mundial de Clubes, que le hizo perderse la última gran gesta de la Selección, comenzó el fin de su carrera como culé. Después todavía tuvo tiempo de recalar en el Atlético de Madrid y regalarnos un año mágico en el fútbol de élite ya que ese año los colchoneros ganaron la Liga en el Camp Nou y a punto estuvieron de levantar la Champions frente al Real Madrid. Se tiende a olvidar el mérito de la temporada que realizó David Villa en el equipo del Manzanares, y eso es una tremenda injusticia. Durante los últimos años, David Villa ayudó a hacer más grandes ligas tan desconocida como A-League, la MLS o la J-League. El Guaje no fue allí a retirarse, sino a competir. Como sería el hambre de este grandioso asesino del área, que jugando en esos destinos tan exóticos volvió a ser requerido por la Selección.

El Guaje nos deja, nos abandonan sus más de 400 goles, su hambre, su voracidad y su pasión, aunque siempre nos quedará su grito del que todos hemos formado parte en algún momento de nuestra vida.

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