Orgullo culé.

Lo que ha hecho el Barça esta noche en San Siro, para mí merece un punto y aparte. Venimos de ganar en el Wanda y de apabullar al Mallorca en el Camp Nou, pero lo de hoy en Milán ha tenido mucho más mérito que los anteriores partidos que ya de por sí han sido de lo mejor de esta temporada en clave culé. Se puede ganar, empatar o perder, pero nunca se puede dejar en el vestuario el honor, ni negociar la actitud. Hoy no esperaba nada del Barça en San Siro y más viendo la convocatoria oficial, pero a diferencia de otras ocasiones, hoy el equipo de Ernesto Valverde ha sabido ganarse el respeto en una de las grandes plazas del continente.

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La alineación que presento el Txingurri era un tanto bizarra, ya que el dibujo era una especie de 5-3-2 formado por gente que tenía la opción de reivindicarse o de naufragar ante lo inevitable. Afortunadamente, los Aleñà, Todibo, Carles Pérez o Wagué eligieron luchar y plantarle cara al equipazo de Conte que nos maravilló meses atrás en el Camp Nou. Quizás lo más endeble haya sido la defensa, pero con dos fenómenos delante como Lautaron (fichen, ya) y Lukaku, el trabajo de Lenglet-Umtiti-Todibo ha sido más que aceptable. Sobre todo no olvidemos, que los culés ya estaban clasificados como primeros de grupo y era el Inter el que debía poner toda la carne en el asador. Durante los veinte minutos iniciales, los interistas probaron a Neto en varias ocasiones y el portero demostró que es algo más que un suplente de garantías. Bordeando el ecuador de la primera parte, Antoine Griezmann liberado y moviéndose a sus anchas por el campo, filtró un tremendo pase a Vidal quien dejó el balón para que Carles Pérez perforara a placer la meta de Handanovic. Uno cero, pepinazo del jugador de Granollers que rubricó su tremendo partido con un golazo y se convirtió de manera oficial y oficiosa en futbolista de la primera plantilla del Fútbol Club Barcelona. Sí crees, llegas. Made in la Masía.

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Tras el gol, el cuadro culé gestionó muy bien la posesión con un imperial Rakitic que ya lleva cuatro partidos consecutivos de titular y un exquisito Aleñà que sería titular en dieciocho de los veinte equipos de la Liga. Pero claro, el Inter jugaba en casa y también tenía que puntuar si quería seguir en la máxima competición continental. Justo cuando el árbitro estaba a punto de señalar el camino a los vestuarios, la bestia Lukaku conectó un derechazo que destrozó las redes de Neto.

La segunda parte comenzó con el mismo guión, un Barça mucho más sólido de lo esperado y con Aleñà-Pérez-Griezmann haciendo travesuras en el borde del área interista. Faltaba pegada, pero sobraba actitud. En el otro partido del grupo, el Borussia marcó el gol de la victoria y a los neroazzurri les comenzó a entrar la prisa por lo que subieron las revoluciones. Valverde quiso contrarrestar este arranque de pundonor con la entrada en el campo de Frenkie por Ivan Rakitic y de Lucho Suárez por Antoine Griezmann. Entendiendo a la perfección lo que el partido requería y jugando como un auténtico funambulista con los roles/minutos disputados de todos los que estaban en el verde.

Del ’70 al ’80 llegó el vendaval Lautaro. Un delantero que tiene veneno y se busca la vida como un jodido demonio. Todo lo que toca, por poco que sea tiene sentido y una nocividad absoluta. Sus ojos son como los de un tiburón blanco cuando huele la sangre, hasta incluso su peinado imita una aleta. Lo único que le separó del gol durante este partido fue la línea del fuera de juego, ya que hasta en dos ocasiones sus intentos fueron anulados. En estos minutos, el Barça resistía las envestidas del Inter como podía y salía a la contra con mucho peligro. Con Frenkie de Jong volviendo a dar otra máster class de como controlar los tiempos, algo que le faltó en más de una ocasión a Carles Pérez quien fue sustituido a falta de cinco minutos del final del partido por Ansu Fati.

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Hablemos de la Perla Negra. Hagamos mención aparte de el futbolista más prometedor de toda Europa. Dejadme que intente describir lo grandeza de este jugador y de todo el brillo que desprende durante los pocos minutos que juega. Entró con diecisiete años y cuarenta días al Giuseppe Meazza contra un Inter que se jugaba la piel, pues el primer balón que toco fue para dentro besando el palo de la meta de Handanovic. Tras el tanto, no se inmuta porque yo no se si no se cree que acaba de batir un récord de precocidad o si lo que pretende es que nosotros no lo creamos. La guinda que le faltaba a este maravilloso viaje del Barça a Milán, el gol de la victoria que ya era una realidad antes de que Ansu Fati la confirmara.

Salir con actitud, con hambre y dejando todo por esta camiseta. Eso es lo “único” que le pedimos los culés a estos futbolistas, lo demás poco importa. Esta es una victoria de prestigio, porque era innecesaria. Lo único que estaba en juego era el honor y hoy todos los blaugranas podemos gritar sin miedo esa palabra que ya habíamos olvidado pronunciar relacionándola con este equipo.  O-R-G-U-L-L-O. 

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