Circo.

A mí no me da pena Ernesto Valverde, ninguna. Ya lo he dicho. Explicaré esta frase que puede llegar a sonar impopular o demostrar mi total falta de empatía con el que fuera hasta ayer el entrenador del primer equipo del Barça. Tras la eliminación del equipo culé a manos del Atleti en el trasnochado torneo que se sacó Rubiales de la manga y que al ser ganado por el Real Madrid ya parece tener un inigualable prestigio, torneo que da para analizarlo a conciencia en un aparte, he sido testigo de una serie de devaneos protagonizados por Bartomeu y sus secuaces que han sido más propios de cualquier tragicomedia emitida en Antena3 durante la sobremesa que de un club a la altura que presumía estar el Fútbol Club Barcelona. Quiero dejar claro que para mí no hay inocentes, ni buenos en esta historia, ya que simplemente hay incompetencia por doquier. La junta retransmitió un circo durante las últimas horas, cierto, con la complicidad de jugadores y del propio Txingurri. ¿Por qué cargo las culpas también contra cuerpo técnico y miembros de la plantilla? Por el simple hecho de que esta situación se podría haber evitado, si ambos no se hubiesen escudado en el momento en que todos supimos que había terminado todo en aquel maldito córner de Anfield.

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Dejo Roma a un lado y elogio a Ernesto Valverde por la primera campaña que realizó al frente del cuadro culé, ya que consiguió firmar un doblete con la obligación de recomponer sin tiempo un equipo roto por la marcha de Neymar. Fabricó un equipo sólido y a pesar de no maravillar, hizo de la eficacia su bandera. Entonces llegó la “Tragedia del Olímpico” y el equipo se desmoronó, fue la primera vez que nos dimos cuenta de la triste verdad: no había un plan B ya que si Messi cortocircuitaba, nadie era capaz de volver a enderezar el rumbo. Es lo que pasa cuando lo fías todo al resultadismo que el día que las cosas no salen, se abre un vacío insoportable.

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A pesar de ese tremendo fracaso, se consiguió ganar la Copa del Rey de manera brillante. Ernesto Valverde merecía una segunda oportunidad y llegó la temporada pasada. El equipo jugaba igual que en la anterior, a nada. Gracias a la inspiración de Leo y al santo teutón que guarda nuestras redes, se llegó con vida a prácticamente la totalidad de las competiciones. La Liga se ganó por inercia y debido a la ausencia de rival, después, y sin saber cómo, se goleó al Liverpool de Klopp. Entonces volvió a llegar la debacle y todos los fantasmas volvieron a la vida, invocados por las gargantas de la mítica grada The Kop. No es cierto que el Barça empezará mal en Anfield, ya que tras el primer gol hubo un conato de reacción, pero hubo muchos jugadores que no estuvieron a la altura del escudo que todavía tienen la vergüenza de portar. Recuerdo esa noche como una de las más duras para mí como culé, recuerdo como la rabia hacía que la sangre me hirviese y lo estafado que me sentía con un equipo en el que, a pesar de todo, había vuelto a depositar todas mis esperanzas. Por eso no me da pena Ernesto Valverde, esa noche no hubo reacción desde el banquillo. Ni antes, ni durante, ni después.

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Llegamos a una final de que ya teníamos perdida antes de ni siquiera jugarla, contra un Valencia motivado que zarandeo a diez muertos vivientes. Esa noche, pensé que a Ernesto Valverde todavía le quedaría un poco de sentido común y dimitiría. En parte para dejar que otro entrenador tomase las riendas con un proyecto nuevo, y en otro lugar para reconocer ante todo el barcelonismo que a pesar de ser un gran entrenador nunca estuvo a la altura del club. Los jugadores siguieron defendiéndole, por lo que son cómplices de aquella decepción y unos auténticos mercenarios cuando seis meses después vuelven la cara ante todo este circo. Los jugadores solo miran por sí mismos, hacen bien.

El último partido dirigido por Ernesto Valverde, frente al Atleti, fue uno de los mejores de la temporada. Al menos al nivel de juego y de valentía, no hubo cortocirtucito y eso ya era de agradecer. Por eso Valverde no me da ninguna pena, porque hasta esas cotas de miseria ha llevado al aficionado culé. Yo ya no tenía ilusión por ver a mi equipo, porque conocía paso a paso lo que iba a ocurrir en cada partido. Nos conformábamos no con jugar bien, ni tan siquiera con ganar, sino con no hacer el ridículo. Cuando una relación está rota de antemano y sigues con ella por cobardía, no debe importarte como acabe ya que en tu interior sabes que mereces cualquier final por perro que éste sea.

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Lo que ha colmado mi paciencia ha sido el ridículo espantoso que ha surgido desde que el avión del Barça aterrizó procedente de Arabia. Desde Abidal hasta Bartomeu, pasando por Grau, han colmado de luces y taquígrafos su tremenda incompetencia aborchornando a propios y extraños. Han llegado a conseguir que nos compadezcamos de Ernesto Valverde por el maltrato que ha sufrido, consentido por los jugadores y que nos recordaba a funestas etapas anteriores. Tras las negativas de Xavi, Koeman, Pochettino y la mismísima portera de Núñez, llamaron a Quique Setién. Un entrenador que para mí y para muchos culés significa una luz al final del túnel, una vuelta a los orígenes y abrir las ventanas para que entren Riquis Puig y salgan Arturos Vidal. Podrá resultar mejor o peor, pero por lo menos cambiará algo ya que manteniendo a Ernesto Valverde se sabía que la fatalidad y el cortocircuito vendrían antes o después.

Estos días me he sentido como el bueno de Ewan McGregor en la obra maestra de Tim Burton, “Big Fish”, mientras se encontraba en medio de un circo con todos los figurantes congelados. Intentando avanzar entre el bizarro caos y la locura, para hallar respuestas y vislumbrar finalmente como el poco honor que quedaba en el seno del club se escapaba dejándome a solas junto con el bochorno y la oscuridad mientras que todo vuelve a la velocidad normal.

 

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