Días de lluvia.

Recuerdo muy pocos días de lluvia en mi infancia. O es que quizás, con el tiempo, tu memoria selecciona los pasajes más felices y arrincona los más oscuros. Para la mayoría de los niños de mi generación, la lluvia era nuestro mayor enemigo porque era la responsable de encerrarnos en casa y tener que ver el campo de tierra o la pista a través de las ventanas empapadas. Esa sensación de amargura, se magnificaba si las nubes se comenzaban a acumular un Viernes por la tarde o amenazaban con castigarnos a la hora del recreo. Joder, que mal se tenían que poner las cosas para que suspendieran el patio. Esos días, en los que vivimos nuestros primeros estados de alarma sin saberlo, nos bebíamos nuestros botes de Choleck con parsimonia. Los saboreábamos, porque no hacía falta bebérnoslos de un sorbo para llenarlos de piedras y patearlos cuanto antes como si del balón de cualquier Champions se tratara.

A mí, con once años, los Sábados o los Domingos no me importaba la lluvia. Aprovechabas para ir al pueblo y hacer vida con la familia, como el resto de tus amigos. Pero todo lo que le pedías a la semana era que el Viernes por la tarde el cielo se portase, la lluvia era sinónimo de encierro. La excusa que usaba tu madre para ahorrarse el tener que llamarte desde el balcón de la cocina a la hora de cenar porque todavía no habías subido a casa. Cuando llovía el campo de tierra se encharcaba, se convertía en una laguna que a los ojos de un niño parecía kilométrica y en la que únicamente sobresalían a duras penas la oxidada estructura de las porterías. En aquella época no había móviles, pero tampoco hacían falta. Esos Viernes todos nos rendíamos pensando en las golosinas que no nos compraríamos tras disputar el partido y guardábamos la pelota en el armario de la entrada, mirando de mala gana los paraguas que de nada nos servían ya que con ellos no se podía jugar al fútbol. Al contrario que a nuestros padres, a nosotros no nos importaba un carajo mojarnos siempre y cuando el polvo no se convirtiera en barro.

No es mi intención comparar una situación tan grave como este maldito virus por el que está muriendo mucha gente, con la fustración de un niño que no podía salir de casa para hacer lo que más le gustaba, ya que eso resultaría aborrecible. En aquellos tiempos, no habría entendido el quedarme en casa sin poder bajar al campo de tierra con mis amigos un día soleado. Nuestro deber es intentar explicarlo a todos aquellos que todavía no lo entienden, ya sea porque sean niños o se comporten como ellos. Dejad la rabia, la impotencia y el egoísmo a un lado, pensad en los demás. De pequeño odiaba la lluvia, y me enfadaba por no poder salir a jugar al fútbol, pero nunca llegué a pensar en que pasado el chaparrón yo siempre podría volver al campo mientras que habría gente que nunca tendría amigos o un balón para hacerlo.

Hoy he vuelto a mirar a través de la ventana con los ojos de ese niño de once años enfurruñado, pero al instante he recordado que los charcos del campo de tierra siempre terminaban por secarse. Precisamente, ese primer partido después de la lluvia era siempre el más emocionante, el que más se disfrutaba, el que más se aprovechaba y en el que más sonrisas se veían. Esos Viernes, mi madre tenía que salir varias veces a la ventada de la cocina que daba al terreno de juego para que yo me dignase a subir a casa lleno de polvo y piedrecitas. Sucio. Fatigado. Radiante.

Esto pasará, como pasaban aquellos nefastos y lluviosos días, y siempre volveremos a recordar los charcos una vez se hayan secado. 

4 comentarios sobre “Días de lluvia.

  1. Joder Aníbal me has sacado la lagrimilla. Sabía reflexión me ha gustado mucho saquemos algo bueno de todo esto y lo más importante pensemos en el de al lado de vez en cuando. Un saludo compi.

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