Hombre de hielo.

Raro, apagado, frío… Son algunos de los adjetivos que bien podrían acuñarse a cada uno de los días que nos están tocando vivir últimamente, pero estas palabras han sido utilizadas para definir en muchas ocasiones al genio que recordaré en este texto y que me gustaría imaginar burlando cada sustantivo, adverbio o pronombre que lo componen al igual que hacía con las defensas que osaban formar ordenadas en el viejo Highbury. Hablo de Dennis “Iceman” Bergkamp, el talento más puro, elegante y exquisito que quizás hayan visto mis ojos.

Que era un genio, queda claro nada más alcanzar el minuto uno de cualquiera de los vídeos de sus highlights que se encuentran fácilmente en YouTube. Envidio a toda esa gente que abarrota las redes sociales y que piensa que el fútbol comenzó con Cristiano Ronaldo, Mbappé, Neymar, Klopp o Messi. Quisiera para mí esa ignorancia, porque entonces tendría el privilegio de volver a maravillarme por primera vez viendo los pases filtrados, los controles y los prodigios que regalaba Dennis Bergkamp en los años noventa; época en la que todavía quedaba algo de romanticismo en el fútbol. El holandés era un altruista del fútbol, uno de esos jugadores que regalaban talento y que prefería dar el pase final que meter el gol. De esos por los que merece coger un avión y pagar una entrada, de esos que los modernos sistemas físicos de juego están empeñados en exterminar.

Dennis-Bergkamp
Bergkamp maravilló en el Mundial de Francia ’98.

Su carrera estuvo llena de altibajos, hasta que encontró su lugar perfecto y a una afición que le idolatraba. Este hecho no es baladí, ya que muchas leyendas nunca lo han llegado a ser realmente porque no han encontrado nunca el ecosistema adecuado o simplemente no quieren hacerlo. Dennis comenzó a despuntar en el Ajax, ese paraíso del buen fútbol que también es un auténtico edén para los futbolistas jóvenes que están tocados por la varita del Dios fútbol. Tras siete temporadas en Holanda, quedaron claras varias cosas, la más importante es que la Eredivisie se le quedaba ínfima. Era talento desperdiciado, como si los cuadros de DaVinci se expusieran en cualquier casa de la cultura en vez de maravillar a millones de personas colgado del Louvre. 

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Leyenda ajacied.

Dennis ya era un ídolo nacional y tras morder metal a nivel europeo, consiguiendo una UEFA y una Recopa, decidió dejar su país y buscar fortuna en Italia. Para muchos, el fichaje de Bergkamp por el Inter fue la decisión más errónea de su vida, para mí fue la antesala de su fichaje por el Arsenal. Iceman se decidió por la Serie A ya que en los inicios de los noventa era, con mucho, la liga más potente a nivel mundial. A pesar de la UEFA cosechada, Bergkamp nunca encontró su lugar y las defensas italianas no ayudaban precisamente a lograrlo. Hay equipos y países que devoran jugadores, el Inter es un ejemplo de ello, ya que para ser un ídolo neroazzurri debes estar hecho de una pasta especial. La timidez del genio terminó por herirlo de muerte y comenzó a vagar por un peligro limbo. El de la estrella que nunca llego a serlo.

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Bergkamp fracasó en Italia.

En 1995, el destino que muchas veces nos priva de disfrutar de jugadores maravillosos, decidió regalarle a Dennis la posibilidad de formar parte de un equipo que como él, siempre ha sido especial. Porque Bergkamp es como el Arsenal, por eso cuajó tan bien dentro del club. Allí, Iceman, es una institución porque él es intermitente, pero exquisito; frágil, pero cierto; capaz de lo mejor, y de lo peor. Los astros siguieron alineándose, y Wenger llegó al club londinense al año siguiente y Bergkamp comenzó a volar sobre el terreno de juego. El único lugar en dónde lo hacía. El único lugar dónde importaba hacerlo, ya que una cláusula contractual impuesta por el propio jugador prohibía a Dennis coger un avión ya que sufría una fobia descomunal. Excéntrico, como cualquier genio que se precie.

Se retiró después de una década como gunner, en la que dejó momentos imborrables y goles que merece la pena pintarlos y comandó al mejor Arsenal de la historia durante el ocaso de su carrera. Su palmarés, tanto a nivel selección como a nivel club, es exquisito como su fútbol. Aunque no merece la pena tirar de números, porque sería menospreciar el genio del holandés. Pudo ser más, desde luego, pero tomó la decisión de no serlo. Muy pocos tienen ese poder y la oportunidad de realizar esa elección. Optó por no volar, por lo que se perdió muchos partidos a lo largo del continente y quizás no tuvo tanta fama o cartel porque nunca salió de las islas. Da igual, porque al final fue consecuente consigo mismo y al final su nombre se escribirá con letras de oro en la historia balompédica, como el de otras tantas figuras que no quisieron ser más, sino simplemente ser ellos mismos como Totti, Del Piero o Puyol. Será eterno, porque nunca ambiciono ser Balón de Oro. Su fútbol sirvió para mucho más que para tener un pedazo de oro en la vitrina de una mansión en Ámsterdam.

Si no me creéis, si el nombre de Bergkamp os suena a chino o si simplemente pensáis que acabo de redactar una sarta de gilipolleces melancólicas, solo os pido que analicéis sus vídeos. Su gol contra el Newcastle o la asistencia que le da a Ljungberg tras jugar con la defensa de la Juve son la prueba de que existió otro fútbol que hasta ese momento no podíamos concebir. Titi Henry, otro jugador que llevó este arte hasta las más altas cotas, le definió como “el sueño de todo delantero”. Se quedó corto. Para mí, ese tímido holandés que no podía volar, es el sueño de todo futbolista.

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Bergkamp, logrando uno de sus goles más bellos frente al Leicester.

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