Reserva del ’79.

Añoro el fútbol de finales de los noventa y principios de este milenio, en gran parte porque ya no puedo disfrutar de jugadores como el protagonista de estas líneas. Poco a poco se van retirando, y de ese prototipo de futbolista que rezuma elegancia, clase y nostalgia únicamente nos queda la hemeroteca. Andrea Pirlo, aunaba todos esos dones. El campo era un tablero de ajedrez en su mente, por lo que antes de recibir el balón se le podía observar girando la cabeza para decidir cual sería su próximo movimiento. No importaba que físicamente fuese limitado, ya que su masa gris suplía de sobras cualquier mínima carencia. En Italia le conocen como “Campanellino”, por su ligereza y su magia. Ni tatuajes, ni sobradas, ni capullos en vinagre. Como los Xavis, Raúles o Puyoles, un tipo cuya profesión era la de ser futbolista y la desempeñaba de manera excelsa. Profesionales que honraban este deporte y que ahora son rara avis, sobre todo en la élite mundial. En los tiempos de Pirlo todavía corría más el esférico que los jugadores que lo perseguían, la dichosa táctica y el físico no importaban tanto, por lo que ese era el caldo de cultivo para los virtuosos del metrónomo. Y en esa época, Andrea era de los que sentaban cátedra.

Como a todos los genios que se precien y que huyen de las portadas, Andrea tardó en ser venerado como merecía ya que su fútbol era tan exquisito y maduro que necesitaba un poso que se va adquiriendo con los años. La experiencia que se va ganando con los minutos y a la que muy pocos entrenadores saben sacarle partido, porque esa es otra de las cosas que odio del fútbol moderno: la inmediatez. Todo es para anteayer, las estrellas del mes de Marzo son los transferibles en Junio. Trituramos jugadores barbilampiños, esperando al próximo fulano de tal para volver a devorarlo. El fútbol debe madurar, dejar regusto, como el buen vino. Andrea Pirlo, debutó como profesional en el Brescia con dieciséis años de edad. Jugaba de mediapunta, aunque no era ni por asomo el jugador en el que se convirtió con los años. Vago durante más de un lustro a lo largo de la Serie A y la B, ya que al Inter no le terminaba de convencer. En 2001, harto de vaivenes decidió madurar y echar raíces. Andrea Pirlo, como todo caldo que se precie, necesitaba barrica y Milanello fue la bodega perfecta.

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Roberto Baggio y Andrea Pirlo coincidieron en el Brescia. 

Carlo Ancelotti era todo lo que el fútbol de Andrea necesitaba, el sabio italiano retraso su posición para que su inmenso talento no fuese desaprovechado en la media punta. El eterno “21” permaneció durante una década prodigiosa en aquel Milan, la escuadra italiana se convirtió en la más temible del continente y en la alineación que todavía puedo recitar de memoria destacaba el nombre de Andrea Pirlo ya que era el director de aquella orquesta que maravilló a Europa. Con aquel equipo, ganó cuatro títulos nacionales (compartiendo el reinado con la invencible Vecchia Signora) y cinco continentales, además del respeto de todo el mundo del fútbol y la certeza de haber desarrollado un fútbol al nivel de elegancia más próximo al de las pasarelas de Milan que al del propio estadio que ponía en pie durante todos los fines de semana.

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A. C. Milan, año 2005.

Italia y el Calcio recuerdan, allí un jugador es valorado más allá de la fecha de nacimiento que figure en su documento de identidad. Andrea Pirlo quedó libre con 32 años y la Juve no dudo, rubricando una de las operaciones más destacadas de toda la historia del club transalpino. Los últimos cuatro años en la élite los disputó con la maglia bianconera, temporadas en las que explotó todavía más sus capacidades. Andrea no quería homenajes, ya que su cabeza todavía funcionaba a muchas más revoluciones que las de el resto. No era un veterano de guerra, sino el capitán más experimentado. Tampoco era el carcamal que llamaba a la policía cuando los vecinos hacían una celebración, sino que directamente sin él no había fiesta como la grada se encargaba de cantar cada vez que el nombre de Andrea no aparecía en la alineación titular. Tras honrar el escudo de otro grande de Italia y conquistar su última victoria que probablemente sea la más difícil, la de saber retirarse cuando el momento ha llegado, viajó a Estados Unidos para enseñar los últimos coletazos de fútbol que su cabeza todavía era lúcido en su mente aunque más difícil de transmitir en sus piernas que ya funcionaban mucho más lentas. Oficialmente se retiró en New York, pero él siempre recordará aquella final en Berlín contra el Barça como su último encuentro. Un bouquet amargo.

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Andrea Pirlo tras la final de Champions League en Berlín. 

Con la Azzurra, Andrea fue campeón del mundo precisamente en Berlín gracias al acto de justicia realizado por el Dios del fútbol con toda esa generación de calciatores italianos integrada por Buffon, Totti, Del Piero o el propio Pirlo. Pudo conseguir más trofeos con su selección, pero se encontró con la época dorada de la Selección Española contra la que poco o nada había que hacer. Para mí, Andrea Pirlo es el mayor talento del fútbol italiano de las últimas tres décadas y eso es mucho decir. Un genio que supo reinventarse, que defendió a capa y espada un fútbol del que su país carecía.

Elegante, noble, bello y virtuoso, así definiría el juego de Andrea Pirlo. Un fútbol que se tiene que paladear lentamente, para comprenderlo. Y que mejora con los años, como el mejor vino.

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Andrea Pirlo, amante del buen vino.

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