Danza en los Alpes.

La arrogancia es parte innata de los genios, tienes que tener un carácter indomable y una confianza ciega en ti mismo. Hacer creer a los demás que eres muy bueno, el mejor, porque tú ya lo sabes de sobra. Debes estar hecho de otra pasta, para destacar en medio del hielo y dejar boquiabierta a media Europa con apenas metro setenta y los mofletes sonrosados de un niño travieso agotado de hacer diabluras. No voy a mentir, ni voy a venir aquí a hacerme el erudito, porque a mí Andréi Arshavin me hechizó a mediados de 2008 como a todo el mundo. En ese época todavía no era consciente de las barbaridades que llevaba haciendo este duende desde el comienzo de siglo en la ignota liga rusa, gracias a este raro espécimen de pelotero era más fácil maravillarse en el estadio Petrovsky que viendo ballet ruso en el teatro Bolshói. La antigua Copa de la UEFA, competición a la que le debemos muchísimo y que siempre será la eterna infravalorada en detrimento de la Champions League más superficial e infinitamente menos romántica, me regaló ese año la irrupción de un mago ruso que conducía el balón sin levantar sus rasgados ojos del verde. Aquí nos quedamos con aquel EuroGeta que estuvo a punto de doblegar a un gigante alemán en el Coliseum Alfonso Pérez, pero esa competición coronó a un Zenit comandado por un pequeño zar y que fue el germen de la revolución rusa que vivimos aquel maravilloso verano en los alpes suizos y austriacos.

35792084-20ED-4F34-8D82-C0F20695B7BC

Arshavin comenzó la Euro 2008 en el último partido de fase de grupos, su selección había conseguido derrotar a Grecia después de caer de manera estrepitosa contra una Roja que comenzaba a escribir su leyenda en letras doradas. Andréi movió a los 21 jugadores de aquel Rusia-Suecia a su antojo y con la ayuda de Román Pavliuchenko, el futbolista que enamoró a Don Luis Aragonés, sentenció el pase de su combinado nacional a unos cuartos de final que se les antojaban imposibles. Así llegamos a su obra magna, al encuentro en el que Andréi desató toda su magia desde el vértice izquierdo del ataque ruso amargando a toda una Holanda a pierna cambiada. Los naranjas llegaron a la prórroga de milagro, tras igualar Van Nistelrooy el primer gol del socio preferido del ariete ruso de moda que en aquel efímero verano nos parecía la reencarnación de Van Basten. En la segunda parte de la prórroga el vodka comenzó a correr en las gradas del St. Jacob Park de Basilea después de que un gran centro de Arshavin fuese rematado en boca de gol por un atacante ruso de cuyo nombre no puedo acordarme. Con Holanda volcada, llegó la sentencia de Rusia firmada por las elegantes Nike negras y azules del bailarín de San Petersburgo. Una jugada rara que llegó tras un saque de banda, como aquel gol de Raúl en Glasgow, y que remató Arshavin tras engañar con un amago de su diminuto cuerpo al defensa neerlandés para meterle el balón por debajo de las interminables piernas de un Van der Sar que supo en ese preciso instante que acababa de ser retirado de la élite mientras Andréi hacía su característica celebración mandando callar con esa cara de crío insolente vaya usted a saber a quién. El logro más difícil de Luis Aragonés en aquella Eurocopa fue meterle en la cabeza a todos sus jugadores que la Rusia que llegaba en semifinales no era la misma a la que se había goleado en el primer partido. El “10” era un fenómeno y podría haber jugado perfectamente en aquella selección plagada de bajitos que nos regaló el mejor partido que recuerdo de la Roja, la Dorada aquella noche, y que se clasificó para la final. El periplo de Arshavin en ese torneo había acabado, pero no sin antes demostrar que era capaz de tumbar gigantes sin mirarnos siquiera a la cara.

8CB9C49F-6BA8-4F33-BE44-AA8830291C51

La campaña siguiente la comenzó derrotando al United en la final de la Supercopa de Europa, pero no la acabó en San Petersburgo ya que en el mercado de invierno el Arsenal lo llamó a filas. Andréi era como un caramelito para Arsène Wenger, un soldadito de plomo que añadir a su ejército comandado por Cesc Fàbregas y Samir Nasri dos peloteros que desquiciaban a sus rivales ejerciendo a la perfección la tiranía del toque. Su etapa gunner se la recordará por algunas actuaciones individuales memorables, pueden preguntar por Anfield y sus aledaños, pero le faltó el punch y la mala hostia de la que en tantas ocasiones ha carecido el Arsenal. Un equipo de fantasía, pero irritantemente blando. Frío, como Andréi que acabó volviendo al Zenit para regalar sus últimos pasos de baile a los compatriotas que le habían visto crecer.

DB5DB481-69B5-4737-B8A9-91256CAC67B8

Es de esos talentos tan distintos y raros, que da mucha rabia que no vayan acompañados de la constancia. Andréi era eléctrico y su chispa tuvo el recorrido que tuvo, jugó cuando quiso y como quiso porque esa anarquía fue parte de su encanto. Algunas veces me pregunto lo qué pudo haber sido este jugador en otro contexto, pero rápidamente me viene a la cabeza la imagen icónica que nos dejó en Suiza con los brazos extendidos mirando a la cámara con gesto burlón y se que nunca lo sabré. Y sonrío, porque quizás a él nunca le importó que lo supiéramos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s